martes, 22 de diciembre de 2009

Misantropía.




No quiero hablar de ello, sólo quiero escribirlo. Escribirlo para poder olvidar...

Era una noche fría de enero, estaba dentro de la cama con sábanas de franela y temblaba violentamente. Estaba congelada, pero no sólo por el mal tiempo, tenía miedo. Ellos me daban pavor. Sus rostros me vinieron a la mente, deslizándose entre las sombras de aquel cuarto azul sumido en la penumbra y un escalofrío recorrió mi espina dorsal. En ellos se podía apreciar el más absoluto desprecio mezclado con una burla casi infantil de lo desconocido, de lo diferente.
Porque yo sin duda lo era, era diferente. No era de esa época, hasta mi padre me lo decía cuando estaba realmente furioso: "No sé quién eres, ni de donde has salido, pero no te pareces a nadie en esta familia, a nadie" Ése debería ser mi nombre, Nadie. Pero... ¡Qué contradicción! No soy nadie. Sólo soy una sombra oscura pero sonriente que se desliza entre las personas, que las ve pero no las observa, que las toca pero no las siente, que sabe de su existencia pero prefiere ignorarla.

Y lo que quiero describir yo, Nadie, no es más que la desesperción que se siente al no encontrar alguien que me enseñe, alguien que sepa bien, alguien que me diga... cómo se ama y cómo se es amado.

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Proyectil de margarita