El primer esfuerzo lo hacen antes de que tú hayas puesto un pie en el mundo: comparten su cuerpo contigo, te hacen un huequito en su ser. Y no es sólo eso: comen más por ti, dejan de trabajar por ti, dejan los grandes trotes para otros tiempos, te hablan, te cuidan y ya, sin haberse dado apenas cuenta, te quieren.
Luego llega el parto que tampoco es moco de pavo. Sufren, lloran, gritan, chillan y aprietan manos ajenas pero ya estás ahí, ese pequeño bulto de su vientre por fin se da a conocer y a pesar de que llega llorando, siempre saca una sonrisa. Entonces, la vida da un giro de trescientos sesenta grados y de pronto hay millones de cosas que este pequeño recién llegado necesita: tiene hambre, los pañales manchados, sueño, quiere que le cojan... Y además lo tiene muy claro: lo necesita y lo necesita ahora, da igual que mamá esté durmiendo, comiendo, esté cansada o necesite un respiro, lo quiere ya. Y mamá se lo da todo.
Luego llega la hora de buscar guardería, más tarde colegio, instituto, incluso universidad... Y ella sólo quiere lo mejor, te intenta alejar de malas influencias: invita a tus amigos a casa para ver de que pie cojean; los estudia muy de cerca y luego les aprueba... o no. Cuida tu alimentación, tu acné, consola tus complejos, te regaña cuando cree que debe hacerlo aunque luego se sienta culpable a escondidas...
Madre sólo hay una, la que te acompaña a lo largo de tu camino, la que piensa siempre en ti, la que te cuida, la que te quiere y la que te querrá siempre.
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