martes, 2 de noviembre de 2010


Me había puesto una camiseta suya.
Él estaba sentado en el sofá viendo distraídamente la tele mientras yo esperaba a que se percatase de mi presencia apoyada en el marco de la puerta. Tardó en darse cuenta y lo hizo porque una ráfaga de viento proveniente de la ventana del baño condujo el aroma de mi perfume hasta su nariz aburrida. Vi como su naricilla se arrugaba casi imperceptiblemente, como sonreía con los ojos cerrados y como los volvía a abrir mientras giraba la cabeza hacia mí.
Nos miramos fijamente como dos desconocidos, hasta que él habló.
-Qué bien hueles.
Esbocé una media sonrisa sin decir nada mientras él me miraba de arriba a abajo.
-Te queda mejor que a mí...
Seguí sin decir nada, andando despacio hacia él mientras seguimos mirándonos con el deseo reflejado en los ojos. Me senté encima suyo y le besé suavemente en el cuello.
-...Pero al fin y al cabo, es mía, así que dámela.


Recuerdos que aun hoy me atormentan la existencia.

1 comentario:

Proyectil de margarita