Y justo cuando estoy a punto de hacer que mi mano descienda a toda velocidad sobre su mejilla, la veo. La veo de verdad, como nunca antes lo había hecho. Y en ella veo algo, o mejor dicho veo a alguien. En su cara de miedo, en su agitada respiración de pánico, en su cara amoratonada, en su pequeño y frágil cuerpo acurrucado en una esquina y temblando como un niño. ¿Cómo un niño? Ella es una niña, una niña pequeña e indefensa como lo fui yo a su edad.
Al verme vacilante, emite con un hilo de voz algo parecido a una aguda súplica cargada de esperanza:
-¿Mami?
Oigo como algo en mi más profundo interior se rompe en mil añicos. De pronto todo se desvanece y yo ya no estoy allí, estoy en la casa de mis padres y de pronto yo ya no tengo treinta y tres años, tengo seis. Siempre me habían dicho que era una niña muy grande para mi edad, no "alta pero esbelta", sino "grande". Ese día en la escuela, unos cuantos niños mayores se habían estado riendo de mí por mi tamaño de pie, excesivamente "grande".
Cuando oí el sonido que producía el coche destartalado de mis padres, estaba llorando lágrimas acomplejadas en mi habitación y aquel ruido provocó en mí un mayor pánico. Pensé rápidamente en un sitio donde esconderme y sólo se me ocurrió debajo de los lavabos del baño donde había una cortinita y dentro de ella espacio sufiente para cobijar a una niña de seis años. Allá fui corriendo torpemente y conseguí ocultarme dentro. Se me veía un poco, pero pensé que mis padres habrían bebido una de esas botellas negras como el carbón que huelen tan mal y son tan difíciles de abrir y, eso, les dejaba en un estado de estupidez mental que yo aun no había conseguido entender, pero que en un futuro no tan lejando entendería a la perfección.
Entraron dando un portazo y gritándose con violencia. Mi madre insultó a mi padre y éste le respondió dándole una seca bofetada en el rubor de su mejilla, el que siempre aparecía cuando bebía alcohol. Ella salió corriendo y llegó al baño gritando y llorando. Al entrar, se tropezó con mis pies que asomaban por debajo de la cortinita, se precipitó al suelo y se golpeó la cabeza con la bañera. Yo, que había oído el golpe, me quedé inmóvil con los ojos apretados, temblando violentamente. Cuando fui lo suficientemente valiente para abrirlos y asomar la cabecita fuera de mi escondite vi una enorme marioneta con los ojos cerrados y cubierta sangre que no paraba de salir de algún punto de su cabeza como si de un grifo se tratara.
Entonces, llegó mi padre al baño. Al ver el espectáculo: su mujer tirada en el suelo, inconsciente y llena de sangre y a su hija escondida debajo del lavabo, con la cabeza y los pies fuera de la cortinita, estalló. Estalló y de que manera. Me agarró de los pies, tiró de ellos para sacarme fuera y agarrarme con violencia por los tobillos. Me alzó en el aire y me miró a los ojos, con una mirada penetrante, clavándome sus pupilas rojas de ira y expulsando humo por la cabeza del mismo modo que mi madre expulsaba sangre.
-¿Papi? -Y lo dije porque realmente no sabía si ese basilisco era mi padre.
Relajó sus rasgos faciales un segundo para soltar una enorma y burlona risotada que sonó grotesca ante tal situación.
-Ni papi ni hostias.
Y ahí creí morir. Me tiró al suelo con infinita agresividad y comenzó a darme patadas por todas partes, especialmente por la cabeza. Al principio grité y grité hasta hacerme daño en las cuerdas vocales y cuando ya no pude más, simplemente dejé de pensar, con los ojos entreabiertos mientras la voz de mi padre llegaba a mis oídos lanzándome todo tipo de insultos que me han pesado hasta hoy trescientos kilos cada uno. Y no se cansó, siguió así horas que a mí se me hicieron eternas, como semanas, como meses que no terminan nunca. Hasta que por fin, perdí la consciencia y mi sangre se mezcló en el suelo con la de mi madre.
Desperté tres semanas después en un hospital con dificultades para moverme y de ahí en adelante no volví a ser la misma persona. Mi madre, perdió la memoria y parte de su inteligencia mental. Mi padre fue encarcelado y yo pasé a vivir con mis tíos quienes se parecían en bastantes cosas a mi padre, en demasiadas.
Cuando por fin me mudé lejos de esta familia, si se puede llamar así, juré y perjuré ser buena madre, buena persona, juré parecerme lo menos posible a esa pareja de descerebrados que compartía mi ADN.
Y aquí estoy ahora, con la mano en alto, intentando descargar toda mi furia en una inocente niña que me ha traído todo el amor que nunca tuve. ¿Y así se lo voy a pagar? No, perdona pero no.
El maltrado se vuelve maltratador...
De verdad, de verdad que se me encoje el estómago...
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