viernes, 8 de enero de 2010

Alma gemela.

Un local lleno niños pijos y ricos. ¿Por qué estaba yo allí? No sé, me había parecido buena idea, al fin y al cabo, era una fiesta.

Pero ahora me arrepentía terriblemente. Todos, absolutamente todos estaban tan cerca de la perfección que podían rozarla con las yemas de los dedos: eran guapos, elegantes y vestían asombrosamente bien. En cambio, yo llevaba un vestido de segunda mano que me quedaba como un saco de patatas y guapa y elegante, como todos saben, nunca fui. Así que pensé que evitar los espejos podía ser una sabia decisión.
Me senté en un sofá con un vaso en la mano izquierda lleno de una sustancia que desconocía por completo en su interior. Así estuve un largo rato mientras la gente de perfectas sonrisa rondaba por mi alrededor, sentándose en el sofá o hablando y riendo junto a él.
Cerré los ojos para no ver nada. Fue ahí cuando noté una presencia a mi lado, la ignoré como a las demás hasta que habló siendo la primera persona que se dirigía a mí en toda la noche.
-¿Tan aburrida estás? -río.
-¿Qué?- pregunté extrañada abriendo los ojos.
-No te duermas.
Le examiné. Era perfecto como los demás pero no le cubría ese halo de superioridad y me miraba con una sonrisa divertida. Sonreí también sin poder evitarlo.
-Creo que no encajo- dije tímidamente.
-¿Vienes a fuera?
Asentí y nos levantamos del sofá. Caminamos hasta un lujoso balcón donde nos detuvimos y comenzamos a hablar.
Su nombre era Paul, era de una familia humilde y había crecido criando vacas en una granja a la vuelta del colegio. Era estadounidense, de Oklahoma. Me habló de ello con tanta precisión y cariño de su tierra que fui capaz de sentir que el balcón se desvanecía y me encontraba con un sombrero de paja en medio de un rancho lleno de animales.
Definitivamente, me encantó ese chico de pelo rubio alborotado y de sonrisa humilde.
Le gustaban las mismas cosas que a mí, esas que siempre creíste que eras la única a las que interesaban.
Y así surgieron las cosas: a ambos nos gustaba el mismo grupo, ese grupo daba un concierto la semana siguiente, yo no tenía entradas, a él le sobraba una... y así quedamos en vernos la semana siguiente.
Esperé ese viernes con ilusión y con ansia. Fue impresionante, mágico, increíble.
Nos besamos mientras sonaba Falling in love, sin importarnos estar rodeados de fans histéricos que nos arrollaban y con sus gritos nos amenazaban con dejarnos sordos. Pero no oímos ni sentimos nada, todo se paró para nosotros.
Volvimos a casa andando, arrastrando los pies para aprovechar el momento pero todo llega, y llegó el momento en el que nos detuvimos frente a mi casa de ladrillo y tejado de pizarra.
Allí me dio un abrazo y me susurró al oído:
Tenía que ir a un sitio lleno de gente diferente para encontar a mi alma gemela.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Proyectil de margarita