jueves, 11 de febrero de 2010

del griego α (no) y ὀρέξις (apetito)

Clara, 5 años.



Asomé la naricita por la rendija de la puerta entreabierta. Quería entrar en la habitación de mi hermana y pedirla perdón por nuestra pequeña pelea; pero primero debía saber qué estaba haciendo, si era oportuno interrumpirla. La observé durante unos segundos y vi que se estaba contemplando en su espejo de cuerpo entero. Siempre me gustó ese espejo, parecía antiguo y tenía un marco marrón con bordes dorados que le hacía parecer majestuoso. Sin embargo, a mi hermana no parecía gustarle mucho. Tenía la cara que pone siempre cuando se enfada conmigo, seria, muy seria, pero esta vez con una enorme y conmovedora tristeza en los ojos.
Y allí estaba ella, delante del espejo sin apenas ropa y mirando con infinita decepción al hermoso espejo. No sabía qué estaba haciendo hasta que comenzó a agarrarse la poca carne que tenía y gritar insultos al pobre e inocente espejo.
-Gorda, mira que eres gorda... ¿Has visto esto? Es por el helado de chocolate que tomaste ayer, ¿Quién te crees que eres tú para tomar chocolate? ¿Claudia Schiffer? Sólo eres una estúpida gorda, que da demasiado asco como para que la miren los chicos de la calle...Sí, sí, a tus amigas sí, pero a ti ni media palabra, eso por gorda, por gorda y por fea.
Eso fue lo que llegué a entender. En realidad, más escuchar que entender, porque yo realmente no entendía a quién iban dirigidas esas horribles palabras.
Entonces vi como mi hermana se dirigía enfurecida a la puerta y decidí esconderme detrás del mueble del recibidor para no ser vista. Corrió hacia el baño y cerró con pestillo. Yo me encaminé a la puerta y pegué la oreja en su fría supeficie. Sólo oí que tosía fuertemente y que seguía con los espantosos insultos. Después, salió del baño arrastrando los pies y yo volví a esconderme. Entonces decidí entrar a ver si podía encontrar allí dentro alguna explicación.
Sólo me encontré con un repugnante olor a vómito que me obigó a salir inmediatamente de allí, "algo le habrá sentado mal"-pensé.



Y ahora, me encuentro sentada en una camilla de hospital, cogiéndole la mano a mi moribunda hermana mientras ella, con los ojos cerrados, sonríe. Quizá esté soñando algo bonito, quizá sea tan bonito que no quiera volver conmigo...

Qué estúpida me siento al entender ahora esos días que quedaron atrás. Esos días en los que yo pensaba que mi hermana se bebía los yogures caducados sólo para no tirarlos a la basura, a pesar de que le supusieran fuertes gastroenteritis, esos días en los que mi hermana se pegaba a sí misma o en los que salía a correr aunque nevara.

Qué estúpida cría, que no sabía nada de la vida.

Qué estúpido espejo, que no ayudaba a mi hermana a ver la realidad.

Qué estúpida chica, la que no sabe valorarse.

Qué estúpida esta vida, que no reparte igualdad.

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Proyectil de margarita